¿Es justo decirle al dueño que dé un paso al costado?

Hay una palabra que suele incomodar a cualquier dueño de una empresa: sucesión.

La palabra parece traer consigo una conclusión inevitable: alguien tiene que ocupar el lugar que él ocupa.

Pero ¿por qué?

Pensemos en un dueño que lleva veinte, treinta o más años construyendo su empresa. Le fue bien. La empresa creció. Sigue funcionando. Tiene un buen equipo. Y, sobre todo, le gusta lo que hace.

¿Por qué debería irse?

En una conversación reciente con amigos que tienen empresas y organizaciones muy diferentes apareció una coincidencia curiosa.

Ninguno quería “colgar los guantes”.

Ninguno encontraba un sucesor.

Y varios tampoco tenían demasiado interés en buscarlo.

Sin embargo, algunos seguían necesitando pedir permiso para tomarse tres días de vacaciones.

Ahí aparece una contradicción que merece ser mirada.

Quizás el problema no sea que el dueño siga en la empresa.

Quizás el problema sea el lugar desde el cual sigue estando.

De dueño operador a dueño atento

Cuando una empresa comienza, el dueño hace casi todo.

Decide, vende, compra, contrata, resuelve problemas, atiende clientes y proveedores. Está en todas partes porque, sencillamente, la organización lo necesita.

Pero la empresa crece.

Aparecen personas, procesos, tecnología, especialistas y nuevas responsabilidades.

Y, sin embargo, el dueño muchas veces continúa ejerciendo exactamente el mismo rol.

No necesariamente porque desconfíe de su equipo.

Muchas veces ocurre lo contrario: tiene un equipo excelente y sabe perfectamente que puede trabajar sin él.

El problema aparece en otro lugar.

El ojo del amo engorda el ganado.

El dueño está en la oficina, escucha una conversación, cruza dos comentarios, nota un cambio en una persona, recuerda algo que ocurrió hace tres años y, casi sin darse cuenta, detecta que aquello que todavía parece amarillo está empezando a ponerse naranja.

Su experiencia le permite hacerlo.

Su presencia también.

Entonces aparece una pregunta interesante:

¿Cómo conservar esa capacidad de atención sin exigirle al dueño estar físicamente presente para ejercerla?

No se trata de llenar al dueño de información

La respuesta no debería ser otro tablero con cincuenta indicadores.

Tampoco una lista interminable de tareas.

Mucho menos convertirlo en esclavo de una nueva tecnología.

Imaginemos algo mucho más simple.

Cada mañana, el dueño recibe solamente aquello que merece su atención:

Verde. La organización está funcionando.

Amarillo. Hay algo que conviene mirar.

Naranja. Sería conveniente intervenir.

Rojo. Esto requiere acción.

Y debajo del color, una breve explicación.

Nada más.

Los humanos que están cerca del negocio siguen haciendo lo que mejor hacen: escuchar los susurros, percibir cambios, detectar aquello que todavía no aparece en un indicador.

Los sistemas automáticos pueden ayudar a encontrar situaciones que resultan invisibles para quien está inmerso en el día a día.

La tecnología no reemplaza el criterio del dueño.

Le devuelve la posibilidad de utilizarlo donde realmente agrega valor.

Hasta que un día aparece un amarillo.

El dueño está lejos.

Pregunta.

Interviene.

Y resuelve algo que probablemente se habría convertido en naranja.

El equipo queda sorprendido:

“¿Cómo supo este que estábamos por perder la canilla de la cocina?”

Tal vez porque ya no necesita estar parado al lado de la canilla para saber dónde mirar.

La evolución del rol

Aquí es donde la palabra sucesión puede empezar a perder sentido.

Tal vez no necesitamos sacar al dueño de la empresa.

Necesitamos sacar a la empresa de la dependencia de la presencia del dueño.

El recorrido puede ser otro:

Dueño operador.

Dueño atento.

Dueño disponible para el negocio, no para la operación.

Y finalmente, algo que puede resultar paradójico:

el dueño como consultor externo de su propia empresa.

El especialista que conoce profundamente aquello que construyó, pero que ahora puede observarlo desde otra posición.

Porque después de tantos años haciendo lo mismo, incluso alguien extraordinariamente bueno puede necesitar algo que pocas veces se permite:

limpiar la caché.

Dejar de recorrer permanentemente los mismos problemas, las mismas respuestas y las mismas asociaciones para recuperar capacidad de pensar desde otro lugar.

No se trata de olvidar lo aprendido.

Se trata de liberar espacio para utilizarlo mejor.

Para ampliar la mirada.

Hacer preguntas que nadie está haciendo.

Pensar en lo que viene.

Decidir dónde quiere poner su cabeza.

No es el descanso del guerrero

No se trata de retirarse.

No se trata de “dar un paso al costado”.

Tampoco de dejar de trabajar.

Es la evolución del rol.

Quien tuvo el coraje de emprender, quien puso tiempo, capital, esfuerzo, incertidumbre y una parte enorme de su vida en construir una organización, merece poder disfrutarla desde otro lugar.

Seguir yendo cuando quiera.

Seguir interviniendo cuando sea necesario.

Seguir haciendo aquello que le gusta.

Seguir disfrutando de los beneficios de lo que construyó.

Pero sin que la organización necesite su presencia permanente para funcionar.

Quizás la verdadera sucesión no sea que el dueño deje la empresa.

Quizás sea que deje de necesitar ser el operador para poder seguir siendo el dueño.

Porque el éxito de una empresa debería comprarle a quien la construyó algo más que crecimiento.

Debería comprarle libertad de elección.

Y esa, quizás, sea la verdadera evolución del rol.

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